Mi avión sale dentro de dos horas, así
que aprovecho esta mañana para bañarme en el sol y el viento de mi
terraza. Mientras, con mi imaginación, dibujo sobre la bahía las
criaturas que habitan el oceáno. Y me veo sobre olas, o mejor dicho,
bajo ellas, que parece que vayan a engullirme y hacerme desaparecer.
Tan diminuto soy. Pero desde aquí, las olas no son más que finos
hilos que bordean la amplia bahía. Una bahía que, a su vez, es sólo
un insignificante bache en el extremo sur dela costa este africana.
Costa que simplemente llega a bordear el océano Índico por uno de
sus costados. Y el océano Índico mismo, no más grande que la mitad
del Atlántico (por no hablar del Pacífico). Tan diminuto soy. Y veo
también las larvas que estudio, tan pequeñas que puedo colocar
media docena de ellas sobre una de mis uñas. Y ya dominan los
océanos infinitamente mejor que yo. Tan diminuto soy.
Pero volvamos al avión, que a estas
horas ya he abandonado en Barajas, dejando muy atrás mi apartamento
de Port Elizabeth (no más negro que mi reputación). Vuelvo al
hogar, de visita, pero al hogar. Un hogar que se escribe con ñ
porque es aquí donde viven la mayoría de mis seres queridos, amigxs
y familiares incluídos.
Madrid no me podía recibir de mejor
manera: los mejores amigos, los mejores vinos, las mejores tapas y la
mejor primavera... del mundo, que creo que no es poco. Me pregunto,
en días como el de hoy, qué he podido hacer yo para no merecerme
esto.
Hasta pronto. Me voy a disfrutar
(después de la siesta).
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